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FINCA EL RIBEIRO. SAN COSME (CUDILLERO) – 105 HABITANTES

Isabel Rubio trabajó en Suiza y en Dubai ganando sueldos astronómicos y sus amigos la definen como «agropija», algo que ella cuenta entre risas. Hoy aplica su experiencia empresarial a una modélica explotación agraria en el valle de las Luiñas

OCTAVIO VILLA

Es una persona feliz. Con 32 años recién cumplidos, Isabel Rubio vive su tercera vida. En la primera, fue una niña bien del Oviedín. La mejor formación, el tenis, una vida no regalada, pero sí cómoda, con unos padres, José Carlos y Alejandra, que le dieron todo. Él, además, fue centrocampista del Real Oviedo (llegó a marcar cinco goles en Segunda, dos al Castellón, uno al Dépor, uno al Elche y uno más al AD Ceuta) mientras estudiaba Químicas y luego directivo de grandes empresas en Madrid.

La segunda vida de Isabel coincide con el momento en el que sus padres compran, en 2007, una pequeña casa con panera y una gran finca de vega junto a los ríos Panizal y Esqueiro, en San Cosme, un pueblo del valle de las Luiñas bien comunicado, pero en ligero declive poblacional. Ellos la adquieren como residencia de fin de semana, aunque pronto a José Carlos le pica una semioculta vocación de cultivador. Siembra algunas plantas de fabes y empieza a recopilar especies de cítricos, su pasión secreta más evidente, pero, en principio, todo para casa. Isabel, entonces frisando los 20, viaja. Se forma en los mejores centros del extranjero y trabaja en Suiza y en Dubai. Una vida del siglo XXI o, incluso, del XXII. De cuando en cuando, visitaba a sus padres en San Cosme y veía cómo la casa de fin de semana se iba convirtiendo en el hogar, y el jardín, en huerta y plantación. Cómo José Carlos y Alejandra se iban atreviendo con más, alquilando fincas y profesionalizando la explotación.

El valle de las Luiñas lo tiene todo para ser una vega extraordinariamente productiva. Está protegido del mar y de los rigores de la montaña, tiene tierras fértiles y llanas, y aporte permanente de agua. Al visitante lo imposible no le parece lo que están haciendo los dueños del Finca El Ribeiro, sino que no toda la vega esté aprovechada con cultivos de alto valor añadido.

Y a Isabel también se lo parece. Eso es lo que da pie a su tercera vida, en la que apenas lleva un par de años. No es que deje todo lo anterior, es que aplica todo lo aprendido para optimizar la explotación, mano a mano con sus padres. José Carlos se acaba de jubilar y a Alejandra le queda poco para ello, tras una vida trabajando en la banca. E Isabel hace lo que a muchos les parecería impensable: se centra en su familia, en la explotación agraria y en una «vida mucho más feliz».

Padres e hija apuestan por la calidad. Faba andecha no modificada, arándanos tardíos (ahora mismo gestionan casi 3.000 plantas y su producción de fabes empieza a contarse por toneladas, con vocación creciente), y también van pensando, sobre todo Isabel, en proyectos en los que se mezcla la formación con el turismo de experiencias. Porque de la finca ya no solo han hecho un modelo de explotación a reproducir, sino que además lo han hecho con un refinado gusto estético, fiel por una parte a la tradición arquitectónica de la zona, pero por otra a la elegancia y al buen vivir.

Mientras observan la parcela que pronto replantarán de fabes y, al otro lado del Esqueiro, la pomarada de manzana de mesa de variedades muy escogidas, José Carlos e Isabel son conscientes de que, «cuando haces algo productivo, el ejemplo cunde». Varios ganaderos de las Luiñas han probado a poner a producir sus fincas de vega algo más que forraje, e incluso algunos han persistido.

Isabel lo tiene claro: «En ello estoy y en ello estaré». Se ha construido una buena vida, en la que «no importan tanto lo que se gana, sino hacer las cosas con cariño y con las personas a las que quieres». Padre e hija se miran con complicidad. Queda un largo camino por delante.